El panteón acadio


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La superior cultura sumeria no quedó eclipsada tras la desaparición de dicho pueblo, sino que fue adoptada por sus continuadores, los acadios semitas, llegando a fundirse tan íntimamente ambas culturas que ya no se desligarían jamás, motivando con ello el que sea muy difícil determinar qué elementos de la religión acadia eran originalmente semitas y cuáles sumerios.

Tanto los sumerios como los acadios admitieron la existencia de muchísimas divinidades de carácter celestial en unos casos e infernal en otros. Estas divinidades tuvieron un origen, el cual, desde ambas concepciones religiosas, se hundía en un principio acuoso.

En la concepción acadia, el panteón divino se hizo partir de un principio acuoso, del cual se aislaron dos entes primarios, el Apsu, representación masculina del Océano que rodeaba al mundo, y Tiamat, forma femenina del agua salada. Ambos principios dieron origen a todos los seres, naciendo de ellos las deidades Lahmu y Lahamu, dos monstruosas serpientes, cuyo papel religioso pronto quedó borrado. Tras ellos vinieron Anshar y Kishar, representantes de la totalidad del cielo y de la tierra. A su vez, esta pareja dio origen a la triada suprema, en cierta manera calco de la sumeria, formada por Anu, Enlil y Ea, quienes se repartieron la totalidad de lo creado. Los acadios aceptaron también una segunda triada de carácter astral formada por Sin, el dios luna, y sus hijos Shamash, el dios sol, e Ishtar, el planeta Venus. Como se ve, los acadios en un afán sincrético tomaron las divinidades sumerias y las amoldaron a sus propias necesidades religiosas, limitándose prácticamente a un cambio onomástico.

Sin embargo, el politeísmo sumerio y el propio semítico evolucionaron en la fase acadia hacia una sistematización más cuidada y sobre todo hacia una simplificación, unificando en algunas divinidades las esferas de soberanía de otros singulares dioses. Esto venía a ser un reflejo del acontecer político en la tierra. Si los acadios y babilonios tendieron a un nacionalismo era muy natural que uno de sus dioses fuera exaltado a dios supremo, quedando los demás como un pálido reflejo de esa divinidad, al igual que las ciudades lo eran de la capital del imperio. Ese dios supremo fue Marduk, el cual obtuvo su exaltación una vez lograda la unidad de las dos regiones de Mesopotamia, Súmer y Akkad. Es la gloriosa época de la dinastía amorrea y de su máximo representante, Hammurabi. Al propio tiempo se elaboraron nuevas versiones de las antiguas leyendas sumerias, para elevar a Marduk a la supremacía del panteón divino. Anu cedió todo su poder a Marduk, Ea, el padre de Marduk, llegó incluso a traspasarle su propio nombre, Enlil que poseía la Tablilla de los Destinos fue obligado mediante la elaboración de un nuevo episodio, incluido en el Poema de la Creación (Enuma elish) a entregar dicha Tablilla a Marduk por haber sido éste el vencedor de la diosa Tiamat, en consecuencia el campeón de todos los dioses.

Existieron también otras muchísimas divinidades de importancia secundaria o menor, encuadradas como divinidades de la naturaleza, como dioses de la guerra y de la destrucción, de los ríos, canales y arroyos, de la fertilidad, del alimento, del ganado o de la actividad intelectual, divinidades tan complejas en cuanto a su número y contenido religioso que hubo necesidad de elaborar largas listas de dioses que constantemente había que revisar y poner al día.

Tras los dioses venían, tanto en la religión sumeria como en la acadia, infinidad de espíritus y demonios, buenos y malos, que acompañaban al hombre durante su vida para premiarlo o castigarlo.

Ultimo eslabón de todo ello era el mundo subterráneo o Más Allá, situado bajo el abismo del Apsu, siendo la casa de la que no se podía salir después de haber entrado en ella, eterno lugar reservado a la totalidad de los hombres, y reino gobernado asimismo por altas divinidades.

En íntima conexión con este panteón súmero-acadio, los mesopotámicos para darle adecuada significación y razón de ser estructuraron un jerarquizado clero masculino y femenino, que gozó de un gran papel económico, edificaron fastuosas construcciones religiosas, cuyas ruinas pueden verse todavía hoy por el país de los dos ríos, y dieron origen a un sin fin de ceremonias y ritos de gran prolijidad formal, lo que nos habla todo ello del primerisimo papel que la religión tuvo en la vida de Mesopotamia.

A pesar de haber explicado las escuelas teológicas el origen del hombre de diferentes maneras, se estuvo de acuerdo en puntualizar que los seres humanos habían sido creados exclusivamente para servir a los dioses. Ello les marcaba su actuación terrena, de manera que si el hombre fracasaba en las obligaciones de su vivir cotidiano, en cierta manera no había sabido servir con integridad a los dioses y por lo tanto era reo de castigo, actuando en estos casos los dioses con total libertad enviando sequías, diluvios, hambres, peste y enfermedad.

De ahí que el primer deber religioso del mesopotámico, resignado a su suerte marcada por los dioses, fuese el de temer a la divinidad, siendo su segunda obligación el proporcionar a los dioses sacrificios, ofrendas, liberaciones y quema de plantas aromáticas, todo ello complementado con los adecuados rezos y oraciones.

A las faltas del hombre y que eran castigadas inflexiblemente y también y paralelamente correspondían recompensas y premios, si bien el hombre únicamente podía esperar de sus dioses el disfrute de una larga vida y el de alcanzar la tranquilidad en la ultratumba, para lo cual era condición imprescindible recibir sepultura, ya que hasta que no se enterraba el cuerpo, según creían y el espíritu del difunto andaba errante por la estepa aterrando a los vivos y sin encontrar el sosiego.

Precisamente el conocimiento de los elementos que informan la religión súmero-acadia, en los que no podemos detenernos, constituye un factor importantísimo para poder interpretar los textos míticos.


Bibliografía

  1. Lara Peinado, Federico. El panteón sumerio y el acadio. Mitos sumerios y acadios. Madrid: Editora Nacional, 1984.

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